Son las 5 de la mañana. La carretera de camino al aeropuerto de Girona (aunque los que somos de aquí sabemos que realmente es Vilobí d’Onyar) está mojada y Laits ya tiene ganas de ir a dormir. Es pronto pero estamos más ilusionados que dormidos. Eindhoven queda lejos así que una vez bajamos del avión todavía tenemos un par de horitas para acabar de descansar y para observar el paisaje nevado.
En Amsterdam no podemos perder el tiempo, pasaremos pocas horas en la ciudad así que tenemos que estar receptivos. El equipo de viaje somos Guillem, yo, una mochila con ropa y algo de comida y dos muletas. Para reponer fuerzas tomamos un café latte en un bar lleno de borrachos ingleses y entramos al museo de la Heineken. La primera parada es productiva y después de pensar en verde, ver el proceso de producción de la cerveza y probar unas cuantas, paramos a comer en un parque de los alrededores del museo. Hace frío pero nos vamos acostumbrando al clima y en los ratitos dentro del tranvía aprovechamos para reponernos. Paseamos siguiendo los canales sin parar de mirar para no perdernos detalle. Las casitas, la gente, los coffe shops, las bicicletas, los gorritos de lana, el barrio rojo, la casa de Ana Frank, el barrio judío, las luces de navidad, las plazas, los olores, la música. Todo consigue que creemos un fin de semana distinto y que, sin decirnos nada, pensemos en cuál será nuestro próximo destino. Nos apartamos al escuchar el timbre de una bicicleta y con el ruido nos viene un nombre en la cabeza. Clink! Madrid.
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