miércoles, 5 de agosto de 2015

Badajoz 127

Me gusta escribir en este blog. Lo abrí para que mi madre pudiera saber un poco de mi en New York y ahora sigo escribiendo de vez en cuando porque tengo poca memoria. Pero muy de vez en cuando...

Me encantan los detalles y es una pena perder estos matices con el paso del tiempo. Así que cuando me acuerdo de ello entro y releo todas aquellos historias que fueron lo suficientemente importantes para que las plasmara aquí.

Una de las últimas veces que escribí os hablaba de una despedida. Y las despedidas no tienen sentido sin que les siga una buena bienvenida. Por eso, hoy os quiero hablar de mi nuevo trabajo, de mis nuevas compañías, de Herraiz & Soto.

Empecé a prepararme psicológicamente el abril de 2014, cuando Marcel·lí me invitó a remar en ese barco. Pero hasta mayo no me senté en la silla que me habían adjudicado, delante de la flamenca y el torero (por cierto, pasaron a mejor vida), al lado de la cabeza de ciervo, entre la puerta y los baños, al lado de Dolors, cerquita de Laia.

El día antes elegí minuciosamente mi ropa. Ni muy arreglada, ni demasiado informal. Opté por unos pantalones negros, una camisa de un color pastel y unas Vans. El detalle de las Vans me causó alguna duda pero eran necesarias para poder llegar al trabajo en bici.

Este punto me llevó un tiempo de reflexión. Si iba con mi BH rosa podía hacer el ridículo si no pasaba por su diminuta puerta de entrada, si elegía la plegable podía tener problemas logísticos para volverla a montar (es antigua), así que la ligera fixie negra sería ideal para entrar con discreción.

Pero la palabra no fue precisamente discreción y los mails de los Croissants de Mantega me hicieron dar cuenta de que las dos ruedecitas doradas no habían pasado desapercibidas.


Después de este día llegaron los vermuts, los tés en compañía, los cafés del viernes, gente nueva, antiguos conocidos, desayunos sin gluten, GIFs, momentos FIT, momentos no tan fit, alegrías, rincones nuevos… Y una larga lista que espero seguir contando aquí, cuando recuerde la importancia de cada detalle. Aunque solo sea para despertarle una sonrisita a mi madre o para alimentar mi yo de mañana.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Con un bordado rojo

Es de esas personas. De las que te acuerdas al final del día, antes de cenar. Te despiertan ternura, simpatía y hacen que el balance de tu día sea un poco más positivo.

No sé su nombre pero le gusta ir al gimnasio al mediodía, los días que hay clase de aquagym, martes y jueves. Se junta con sus amigas del barrio y lo que pasa antes de la clase es todo un ritual. 

No pueden parar de hablar. Repasan a todas las vecinas, alaban a sus nietos, critican a sus maridos, se ríen de sus juanetes, de su cuerpo, de sus movimientos, de las lentejas, de la vida. Llegan más de media hora antes, pero se les hace corto y al último momento una carcajada les acompaña en su sprint final antes de ponerse en remojo.
Desfilan sus gorros de licra, bañadores antiguos, y algunas crocks. Las risas se apagan en el vestuario, pero las imagino seguir por los pasillos hasta acompañar el cloro.

La vuelta todavía es más divertida. Vuelven mojadas, cansadas, alegres, con anécdotas. Una no seguía los pasos, la otra se veía las carnes flotar, la otra no podía levantar la pierna. La otra estaba en su mejor día, cual Ariel en el agua. 

A ella a veces no la veo entre el grupo. Pero no me preocupo. Es entonces cuando siempre sale alguien de la ducha y grita: -¿Alguien se ha dejado un bañador? Lo miro, es negro con un bordado rojo. Entonces sonrío, ahora ya sé que ha estado aquí.